Por 50 céntimos ¡MA-TO!

Esto ha debido pensar el padre de las criaturas, cuando tras pasar una estupenda tarde comprando cuatro chuminadas comestibles, de las que podíamos prescindir, en un centro comercial repleto de gente, he ido a dejar el carro en el parking y tras un movimiento en abanico de mano, ¡chin pon! la moneda se ha ido al suelo.

No es que me sobre el dinero, pero he tanteado la situación, he visto que la mitad del euro estaba, nada accesible, en la parte delantera de uno de los carros ya posicionados en fila. He mirado alrededor, venía gente y me ha dado vergüenza meterme debajo como una culebrilla. Así que, muy digna, he caminado hasta el coche, me he montado en el asiento del conductor y mientras me abrochaba el cinturón, he soltado “se me ha caído la moneda, ya la cogerá alguien”. Acto seguido, he metido la llave en el contacto, he arrancado y antes de que metiera primera, el padre de las criaturas, que debía tener esa frase retumbando en su cabeza “…ya la cogerá alguien…ya la cogerá alguien” se ha quitado el cinturón y ha salido escopeteado hacia la zona de carros.

Poco le ha faltado para acordonar la zona.

Por unos míseros cincuenta céntimos.

Pero le he visto con tanto furor, que me he unido a la causa desde el interior del vehículo. He bajado la ventanilla del copiloto, y mientras me tronchaba el cuello mirando hacia un lado y hacia el otro, por si alguien nos veía, yo le iba dando directrices. Sí, ahí…no, no…ahí no. Delante…más, un poquito más…en la otra rueda ¿la ves? Ha debido verla, sí, porque se ha tirado en plancha como un buitre en busca de su presa carroñera. Y, se ha levantado sin despeinarse. Aquí juega con ventaja, porque no tiene ni un pelo, ni de tonto ni de listo, como diría mi madre. Y, sin mirar a los lados. Vamos, que se la repamplinfaba si en ese preciso momento pasaba una familia entera tipo la tribu de los Brady.

Se ha metido en el coche, lleno de júbilo. Entretanto, se abrochaba el cinturón de seguridad, y hablaba para el cuello de su camisa “…para otro, para otro, ¡si, hombre!. De eso, nada.” Y palpaba con su mano el exterior del bolsillo, para asegurarse que seguía ahí su monedita.

Mientras nos dirigíamos a casa, en cada uno de los semáforos que centellean en la avenida principal, del rojo al verde, pasando por el ámbar, sin coordinación alguna entre ellos, iba yo pensando que menos mal que eran cincuenta céntimos los que había encontrado en el bolsillo de mi abrigo nuevo. Porque si, en su lugar, hubiera utilizado un euro para mover el carro, la técnica ReptoComoUnMarinePorElSuelo hubiera adquirido otra dimensión.

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