Anécdotas Que te dejan chafada

Hoy me he levantado dando un salto mortal, he echado un par de huevos a mi sartén, dando volteretas he llegado al baño, me he duchado y he despilfarrado el gel. Porque hoy… algo me dice ¡que voy a pasármelo bien!

Como David Summers me he levantado esta mañana.

Muy contenta.

Y debido a este subidón de felicidad diurna, he abierto el armario, he rebuscado y desordenado, todo hay que decirlo, hasta encontrar unos pantalones vaqueros cortos de la talla 38 que compré cuando conseguí recuperar mi figura tras el embarazo de Vega. Una vez localizados, me he dado cuenta que todavía mantenían la etiqueta. Nunca llegué a estrenarlos porque sin saberlo, Ethan ya estaba en camino y, por consiguiente, mi culo había empezado su particular carrera de fondo hacia el país “Bienvenidos Mr. Kilos”. Sin mapa ni GPS.

He abierto el cajón de las medias y he sacado mis leotardos negros, me los he subido cuidadosamente, he cogido el pantalón y voilá, ¡me cabía!. He chocado los cinco con mi ego, que daba saltos de alegría mientras me miraba al espejo. Ese, que reflejaba una Jezabel ufana y sonriente.

Una sonrisa que ha tardado en desdibujarse, cero coma. Lo que ha tardado la mierdaniña en sacarme de mi estado de júbilo. Sí. Esa que parí hace dos años, diez meses y dos días. Esa, que mientras yo no cabía en mí, de gozo, ella ha debido pensar que no cabía en mí, pero de la gordura. Ha mirado fijamente mi abdomen desnudo que quedaba por encima del pantalón y sin contemplaciones ha soltado “mami, tienes la tipa muy gorda”.

Silencio sepulcral.

Tras el shock inicial y sin poder articular palabra, he unido sílabas hasta que ha salido de mi boca lo siguiente “Estoooo…mira, guapa…¿sabes quién es tu padre?”. Ella, inocente, ha asentido con su cabecita, mientras yo remataba “Pues me CagüenTuPadreQueNoMeOyeAhoraMismo”.

“¿Eh, mamá? ¿Cas` dicho?”

“Nada, hija, nada.”

Y con un bajón de tres pares de narices me he ido al baño para que el padre de las criaturas recompusiera mi ego. Ese que daba saltos de alegría hacía apenas unos minutos, ahora  se acababa de tirar por la borda tras el comentario realista de la mierdaniña.

Tras la aprobación del macho alfa de la manada, me he subido los leotardos hasta las tetas, a modo de faja. Literal. Me he enfundado una camiseta suelta que disimulaba el desaguisado. Me he calzado mis botas altas. He mejorado mi cara con colorete y rímmel, me he vuelto a plantar delante del espejo y he gritado como David Summers:

“¡Voy a pasármelo biennnnnn! ¡Muy bien!”.

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